LITERATURA
JUAN PEÑA Y SU LIBRO DE TRADUCCIONES "EL POEMA EXTRANJERO"
Por
José Cenizo Jiménez
Post #24

Os ofrezco, queridos amigos, el comentario que he realizado sobre el libro de traducciones del poeta y profesor Juan Peña, nacido en Paradas (Sevilla), autor de una trayectoria poética personal y fecunda. Espero que os guste. Gracias.

JUAN PEÑA, El poema extranjero, Sevilla, Editorial Siltolá, 2018

            VARIAS LENGUAS, UNA SOLA PATRIA POÉTICA 

José Cenizo Jiménez

            El poema extranjero, última entrega de Juan Peña -a la vez que la antología de Palo cortado-, está editado por Siltolá, colección sevillana que ya ha adquirido un merecido prestigio por el buen tino de su impulsor, el también poeta Javier Sánchez Menéndez, la calidad de impresión y el valor literario de los escritores -vivos o ya fallecidos- que aparecen en la misma: Juan Cobos Wilkins, Fernando Pessoa, Juan Ramón Jiménez, Emilio Rosales, Jesús Munárriz, Luis Rosales, Julio Martínez Mesanza,  Juan Lamillar, Antonio Colinas, Antonio Rivero Taravillo, José Luis García Martín, nuestro admirado paisano Javier Salvago, etc.

            Permítanme un breve recordatorio de la trayectoria del autor, Juan Peña Jiménez, Juan Peña, nacido en Paradas (Sevilla), en 1961. Publicó sus primeros libros en plena efervescencia de la denominada poesía de la experiencia. La edad difícil (1989) o Viviendo con lo puesto (1995, accésit del premio Rafael Alberti) siguen esta tendencia, en poemas como “Elogio de la monotonía”, que termina:

                         “Si la vida llegó, un solo día,

                         y al fin nos hizo caso, 

y fue amable y buena y generosa,

qué queda por hacer

mejor que repetirnos.

Pasados los años y varios libros y premios más, es difícil no estar de acuerdo con lo que los críticos han señalado: que estamos ante una voz personal, a pesar de influencias perceptibles. Así, Sergio Celada comenta sobre Viviendo con lo puesto, que estamos ante un poeta “ambicioso que tiene el mérito de pretender abrir brecha por caminos que otros han transitado con originalidad y acierto”. Así que por mucho Cernuda, o Biedma, o Salvago, o Rosillo, o Machado (Manuel, o quizá los dos) que queramos ver entre sus versos, la voz de Peña es, podemos afirmarlo ya, una voz personal. Es más, intrépida, atrevida, subversiva, comprometida, desmitificadora (José María Barrera), gozosamente sabia (Carlos Sánchez), renovadora (Pedro Bohórquez), que todos estos adjetivos circulan por las críticas que le han dedicado en revistas y periódicos como Clarín, ABC, El Correo de Andalucía, etc. O la descripción de su poética que, de forma concisa, vemos en la solapa de La misma monotonía: “Destaca en su obra un tono asordinado, entrañado y cordial, no exento de misterio y sugerencia”.

A los dos libros citados al principio siguieron otros del mismo corte: Días cansados (Pretextos, 1997, premio San Lesmes Abad), Los placeres melancólicos (Puerta del Mar, Málaga, 2006) y, después, Dura seda (Siltolá, Sevilla, 2011, accésit del III Premio de Poesía Fundación Ecoem), que fue precisamente un cambio de tono y tema de gran calado. Ya desde el título se recoge la paradoja u oxímoron, dura seda, que encierra el propio libro, una expresión de los perfiles agridulces que tiene la vida, siempre entre la melancolía ante el paso del tiempo, la desolación que deja la muerte de los seres queridos y la inquebrantable necesidad de disfrutar de las pequeñas cosas.

La misma monotonía (2013) reunió su obra completa (excluidos los libros de coplas flamencas, que son de gran altura, por cierto, publicados en La Veleta y en Pretextos) en la colección “Arrecifes” de la editorial sevillana La Isla de Siltolá. Alcanzaba así este poeta el lugar de reconocimiento que hasta ese momento se le negaba y suponía en su carrera un punto y aparte. Encontramos poemas llenos de sencillez y profundidad, de recuerdos familiares trascendidos, universalizados, de crítica a la vulgaridad (sociedad líquida) actual y de variados registros formales. Vean si no este ejemplo de gran altura, el poema “Llueve”, seleccionado en dicha antología:

Tras el cristal mojado

mira en silencio el niño

la calle con sus charcos.

 

La lluvia es el tiempo

que suena en los tejados.

            Después nos llegó Destilaciones, Pretextos, Valencia, 2016. Ochenta y ocho poemas de ahondamiento en sus temas y estilo, en plena madurez expresiva. Se abre con un poema que da título a la obra, “Destilaciones” (p. 9), una declaración de poética, basada aquí en la escritura como alambique, transformación, esencialidad: “(…) Y eres puro y sucio. / Y el vaso florentino en el que caes / lo vuelves, cuando escribes, alambique / que destile de ti / lo mejor que no eres”.

            Insiste en temas y referencias de su ya larga producción, como la crítica y huida de las formas actuales y televisivas del mundanal ruido, el deseo de felicidad en la dorada medianía (“Que no solo en la muerte sea posible / vivir en esta paz y en este silencio” dice en un día invernal y hogareño), la censura de la pose de indolencia y apatía por vivir, la evocación de los recuerdos familiares, la vida como rito de paso, o, también, el amor. “Amor y geografía” es un logrado poema que nos recuerda la intensidad y brevedad de Pedro Salinas. Termina con estos versos (p. 31):

                                   Mi vida es esa línea

                                   que nos traza, nos une y nos separa.

                                   Cuando los dos extremos de la línea se abrazan,

                                   se ha dibujado un círculo

                                   y un punto parecido al infinito.

            Esta variedad temática, estas contradicciones del vivir se encauzan a través de un lenguaje muy trabajado, con una polimetría rica, con sentido simbólico y alegórico de cuanto se dice. Hallamos recurrencias metafóricas de la temporalidad como el mar (vida, tiempo, olvido), las piedras, los viajes, etc. Pocos poetas conocemos con la capacidad de decir mucho en pocas palabras como Juan Peña. Y con unas lecturas muy recomendables detrás (Bécquer, Keats, Luis Rosales, Eloy Sánchez Rosillo, Javier Salvago…). Les leo este poema breve:

                                               “Una vida”

                                        Vi nacer y morir las mismas flores,

                                        vi la calma del mar enfurecerse,

                                        aplacarse la furia del volcán.

                                        Vi desaparecer los días y las noches,

                                        y yo seguía allí.

                                        Yo era la eternidad.

Brevedad intensa, sencillez profunda, voz personal, poesía bien destilada es la marca de Juan Peña, su poética. Se refleja asimismo en los tres libros de letras flamencas que ha editado en prestigiosas colecciones también: Letras flamencas, col. La Veleta, Comares, Granada, 1995; Nuevas letras flamencas, Pretextos, Valencia, 2000; Teselas, AE, Jerez, 2008. Ha creado coplas flamencas -letras las llama él, para que no sólo sean cantadas sino también leídas como cualquier poesía- tan espléndidas como:

No te pongas a mi vera,

que esta penita que tengo

es penita que se pega.

O esta otra, de tono humorístico:

Mira si eres agarrao,

que por no dar ni la sombra

te estás poniendo delgao.

O las que acaba de cantar en un CD recién salido al mercado Juan Meneses, como esta soleá que canta por soleá: “No te vayas de mi vera, / que me va faltando el aire / cuando sales por la puerta”. Precisamente, a la par del libro que nos convoca,  El poema extranjero, como decíamos al principio, ha visto la luz una antología de las letras flamencas citadas, en el libro Palo cortado, de la colección Libros Canto y Cuento, colección donde también han publicado Juan Lamillar, Benítez Ariza, José Julio Cabanillas o Pedro Sevilla, entre otros.

            Entremos, ya, sin más demora, en la presentación del libro que nos trae. Es una colección de traducciones o versiones de autores extranjeros, de poemas escritos en lenguas diferentes a las de España. De ahí el título, acertado y conciso: El poema extranjero. Extranjero pero cercano al corazón, asimilado, acogido y gozado plenamente. Extranjero pero ya hecho nuestro, revivido en la lengua española (o castellana).

            Se compone de quince poemas, correspondientes a poetas muy conocidos: Hölderlin, Keats, Leopardi, Baudelaire, Yeats, Kipling, Rilke y Dylan Thomas. Los más beneficiados o traducidos son Keats y Yeats, con cuatro poemas cada uno. Se trata en general de poemas muy conocidos, especialmente, por ejemplo, “If” (Si…) de Kipling, “Al infinito” de Leopardi o “Y la muerte no tendrá dominio” de Dylan Thomas.

            Confluyen en esta antología varias lenguas de nuestro entorno europeo: el francés, el inglés, el alemán, el italiano. Son poemas canónicos, emblemáticos,  de la tradición y de su tradición, la del autor, Juan Peña, que ha buscado en su esfuerzo creador o recreador, la naturalidad, que parezcan escritos originariamente en nuestra lengua, con fluidez, que no se aprecien los quiebros o expresiones correctas pero menos naturales en nuestro idioma, que la traducción no sea literal, fría, sin alma. No son traducciones filológicas, sino personales, vivas, de ahí que avise en una inicial “Nota del autor”: “(…) mis errores se deberán no sólo a mi impericia filológica, sino a que yo, como lector, acaso haya leído una emoción equivocada en un poema extranjero”. Es decir, estamos ante recreaciones, traducción más de emociones que de literalidades, siempre, en el caso de la lírica traducida, tan peligrosas y banales. Si toda traducción es, al fin, una traición, que la traición ofrezca no sangre, sino vida, plenitud, belleza. Y Juan Peña lo consigue.

Hay una marcada atención al ritmo, son versos medidos, como la silva que mezcla de endecasílabos y heptasílabos. Hay un dominio pleno de la expresión poética también a través de los recursos fundamentales de la expresión literaria: metáfora (“amor encendido”, “pasiones que nos queman / y nos dejan la herida de una sed insaciable”, en el poema de Keats “A una urna griega”, p. 39), paralelismo y anáfora (como en el poema “If” de Kipling), epíteto (“ensoñados mundos”, “florecidas ramas”, “breves y frágiles pasiones de los hombres”…), polisíndeton (en el poema “A Silvia” de Leopardi: “Miraba el cielo inmenso, / y las doradas calles, y los huertos, / y a lo lejos el mar y las montañas. / No encuentro las palabras / con que expresar aquello que sentía”), etc. En la primera parte de “A una urna griega” de Keats se encuentran reunidos en armonía y expresividad recursos como los citados paralelismo, anáfora, epíteto,  y la interrogación retórica, el asíndeton, el clímax… Este es el poema (p. 35):

Celebro lo perdido, y por perdido doy cuanto gano, 

y en la eterna batalla que es mi vida, 

soy un rey vencido, y mis soldados soy caídos en combate.

Y aunque luché incansable desde el alba al ocaso, 

mi reino no es mayor que esta pequeña piedra. 

Otro acierto es la variedad de temas: el canto a la belleza de Keats, el tiempo, el amor, la insignificancia de la vida en Yeats, la muerte (como liberación en Keats, como castigo y maldición en Leopardi, o la muerte sin dominio en Dylan Thomas), la ética del ser humano en Kipling, el retiro del mundo o “Beatus ille” de “Inisfree, la isla del lago”, de Yeats, buscando la paz “que se irá abriendo lentamente / desde la limpia luz de la mañana / hasta el oscuro canto de los grillos”… O las pequeñas cosas, como una piedra o un ruiseñor… La vida entera pasa ante nosotros en estos versos de “poemas extranjeros”.

Otra curiosidad y suerte que tenemos es que muchos de estos poemas, como se indica en la solapa, pueden oírse en internet, en Youtube, en unos extraordinarios vídeos con fotografías elegidas para maravillar, una música embriagadora y un recitado íntimo y preciso de Juan Peña. Vídeos que merecen verse en la intimidad de nuestros hogares y también en las aulas de todos los centros educativos. Se encuentran en la lista de reproducción Traducciones, www.youtube.com/user/juanpejim/playlists.

El esfuerzo de Juan Peña creemos que ha sido arduo, intenso, pero ha merecido la pena porque nos ha entregado, a partir de varias lenguas diferentes, una misma patria poética, un solar donde reconocernos todos: la belleza, el sentimiento.

 

 

 

 

 

           

 

 

 

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