La muestra reúne estampas originales del ingeniero, ilustrador y bibliófilo José Pedro Gil Moreno de Mora (1892-1945). Formado junto al maestro grabador Maurice Achener e integrante del selecto Grupo de los 24, impulsor del renacimiento del grabado en España, Gil desarrolla una obra que encuentra en la capital cordobesa una fuente de inspiración privilegiada. Entre 1919 y 1930, mientras dirige la empresa familiar Sociedad de Gas y Electricidad, recorre sus calles y monumentos, atraído por la arquitectura andaluza y la atmósfera de sus rincones. Esta fascinación cristaliza en una colaboración con la Société des Amis du Livre Moderne de París, que le encarga ilustrar Un soir à Cordoue..., texto del escritor e historiador del arte Georges Grappe publicado originalmente en 1926.
El resultado es una cuidada edición de bibliófilo, publicada en París en 1932 y limitada a 152 ejemplares, uno de los cuales se exhibe en la muestra. Sus 63 grabados originales, realizados mediante la técnica de la punta seca, componen un recorrido por la Córdoba de los años veinte y treinta, donde la monumentalidad convive con la intimidad de la vida cotidiana. La Mezquita-Catedral, la Puerta del Puente, la Torre de la Malmuerta y el Puente Romano aparecen junto a callejones de la Judería, fuentes, arcos, portadas y personajes populares que evocan el imaginario romántico del sur de España. Entre estas estampas destaca la imagen del propio patio del Museo de Bellas Artes, un espacio frecuentado por el artista que queda así incorporado a su particular memoria gráfica de la ciudad. El conjunto permite descubrir una mirada que trasciende la postal monumental para detenerse en los detalles, las atmósferas y los escenarios que definen la identidad cordobesa.
La exposición reivindica también la figura de un creador cuya trayectoria se desarrolla posteriormente entre Madrid y Cataluña hasta su fallecimiento en el Monasterio de Poblet, en 1945. Aunque parte de su legado se conserva en otras instituciones, el núcleo principal de su producción artística permanece en el Museo de Bellas Artes de Córdoba, gracias a la donación que el propio Gil realiza en 1935, durante la etapa de modernización impulsada por su entonces director, Enrique Romero de Torres. Con esta propuesta, la institución recupera una colección de especial valor artístico y documental, al tiempo que invita a reconsiderar el papel del grabado como herramienta para preservar la memoria urbana. Casi un siglo después, las estampas de Gil siguen proyectando la luz pausada de una ciudad que parece suspendida entre pasado y presente, y ofrecen al visitante una oportunidad para redescubrir Córdoba desde la sensibilidad de un artista que hizo de sus calles un paisaje íntimo y universal.