La obra, de Alberto Conejero, dirigida por María Goiricelaya e interpretada por Myriam Gallego, Cecilia Freire y Amalia Lizarralde, propone un viaje íntimo hacia el duelo, la memoria y los vínculos familiares. En una casa solitaria frente al mar de Ítaca, Ariadna, Penélope y Elena se reúnen tras la muerte de su madre, Alicia, una apasionada profesora de griego clásico que años atrás abandona España para instalarse en aquel remoto paisaje. Durante tres noches, las hermanas se enfrentan a la ausencia materna, pero también a las heridas, los secretos y los fantasmas que cada una arrastra. Conejero construye así una historia en la que la pérdida se convierte en territorio de encuentro y en la que el dolor, lejos de ocultarse, se contempla como parte inevitable de la experiencia humana. La obra avanza con delicadeza, dejando espacio para el silencio y la escucha, y evitando respuestas fáciles ante aquello que duele.
La propuesta encuentra en la dirección de Goiricelaya y en el trabajo de sus tres intérpretes el tono preciso para abordar una historia que se mueve entre la intimidad y la dimensión simbólica de la tragedia clásica. Tres noches en Ítaca se acerca a la elegía desde la luz y convierte el duelo en una posibilidad de transformación: el derecho a renacer, a reconstruirse y a mirar de nuevo hacia el futuro. Pero la obra es también un hermoso homenaje a las Humanidades y a quienes nos enseñan a imaginar otros mundos, a formular preguntas y a comprender mejor el nuestro. Una pieza que reivindica la necesidad de escuchar antes que juzgar, de aceptar las lágrimas sin esconderlas y de entender que, incluso en la intemperie de la pérdida, puede abrirse un camino hacia la reconciliación. Una propuesta de notable sensibilidad que encuentra en la palabra y en la emoción su verdadera fuerza escénica.