El artista presenta una exposición compuesta por una selección de 20 obras en las que conviven distintos lenguajes y formas de expresión artística. La muestra transita entre la abstracción, la figuración y propuestas híbridas, con el color como uno de los principales elementos vertebradores de un conjunto en el que también tienen cabida paisajes, composiciones realistas y planteamientos más contemporáneos. Bosques, prados, sierras, mares y sendas ofrecen una particular interpretación del territorio, mientras que las diferentes texturas y técnicas empleadas por el artista invitan a acercarse a las obras tanto desde la dimensión sensorial de la materia como desde la carga emocional de sus composiciones.
La presencia humana adquiere especial relevancia en las piezas figurativas, donde la figura aparece tratada desde la suavidad, la luz y la introspección, evocando conceptos como la ternura, el silencio, la maternidad y el recogimiento. En paralelo, las obras abstractas exploran las posibilidades expresivas del color, la línea y la materia, funcionando como un nexo entre las distintas vertientes de la muestra. El resultado es una exposición diversa que propone un recorrido entre lo íntimo y lo natural, entre la memoria sensorial del territorio y la expresividad emocional del cuerpo, invitando al público a mirar más allá de la representación literal.
Dentro de este conjunto se encuentran también dos retratos reunidos bajo el título Infancia rota, una propuesta de carácter humano y reivindicativo que pone el foco en las situaciones que afectan a la infancia a lo largo de la historia y en diferentes lugares del mundo. La mirada del artista se dirige así hacia realidades como las que se viven actualmente en Sudán, Palestina o distintos países de Sudamérica. De este modo, la exposición no solo plantea un diálogo entre diferentes formas de entender la pintura, sino que utiliza el arte como espacio para la reflexión, combinando la fuerza del color y la materia con una dimensión emocional y social.