“Plinto, zócalo, cornisa” es una mirada hacia abajo y hacia arriba a la vez. Un desplazamiento del foco en el que la pintura se sitúa, en ese lugar donde las cosas se construyen, donde se sostienen, donde comienzan a hablar antes de ser visibles. Este nuevo cuerpo de trabajo toma como punto de partida la pintura y la cerámica, entendidas no como objetos concluidos, sino como huellas de un proceso más amplio, como partes de algo mayor que las contiene y las excede. En Sevilla, muchos pintores aprendieron el oficio en los talleres de cerámica, entre hornos, esmaltes y piezas que pasaban de la mano al fuego. Esa tradición —a veces silenciosa, casi doméstica— acompaña estas obras como un murmullo de fondo. A Gloria Martín le interesa ese momento en que las obras todavía no son, pero ya están siendo. Ese intervalo es una constante en su práctica pictórica y en este proyecto se amplifica al mirar no sólo el objeto final, sino la atmósfera que lo antecede. Si en trabajos anteriores la cerámica aparecía desde una perspectiva arqueológica —como vestigio, como reliquia— aquí surge desde la experiencia directa con el material: desde el tacto, desde la convivencia con su fragilidad y su permanencia. La cerámica como arte menor es el territorio al que dirige la atención: lo ornamental, lo arquitectónico, lo que sostiene las superficies sin reclamar protagonismo. Plintos, zócalos, cornisas: elementos auxiliares que, sin embargo, definen la forma en que habitamos lo cotidiano. A través del estudio de la ornamentación cerámica sevillana de la segunda mitad del siglo XX, de su renovación entre lo local y lo moderno, se despliega en estas obras una búsqueda de raíz y de belleza. No una belleza idealizada, sino aquella que aparece en los detalles que suelen quedar fuera del encuadre. La pintura funciona aquí como método: encuadra, intensifica y revela lo que normalmente permanece al margen. “Plinto, zócalo, cornisa” es, una exploración de la pintura que se esconde en los bordes. Una invitación a mirar esos lugares donde la forma empieza a nacer, donde lo ornamental sostiene a lo esencial, donde la práctica artística se vuelve raíz, proceso y memoria.