Memoria, amistad y flamenco
Hay encuentros artísticos que adquieren un significado especial cuando el paso del tiempo deja de ser una circunstancia para convertirse en parte de la propia obra. Así pasen 100 años nace precisamente de ese encuentro. El espectáculo reúne sobre las tablas a Úrsula López, Rosa Belmonte y Ramón Martínez, tres bailaores y creadores que compartieron una etapa decisiva de sus trayectorias profesionales en los primeros años de la Compañía Andaluza de Danza, hoy Ballet Flamenco de Andalucía. Después de décadas de experiencias individuales, los tres vuelven a bailar juntos para recuperar una complicidad construida desde aquellos primeros años.
La propuesta parte de una idea sencilla pero de gran fuerza escénica: ¿qué permanece cuando todo lo demás cambia? El tiempo transforma los cuerpos, las carreras, los escenarios y las formas de entender la danza, pero también permite acumular conocimiento, madurez y nuevas maneras de mirar aquello que se aprendió al principio. Así pasen 100 años convierte ese recorrido compartido en materia artística y plantea el reencuentro no como una recuperación nostálgica del pasado, sino como una oportunidad para comprobar qué puede aportar hoy aquella relación.
El espectáculo adquiere así una dimensión que va más allá del propio baile. Es una celebración de la amistad, la memoria, la admiración y los vínculos profesionales que sobreviven al paso de los años. Los tres intérpretes regresan al escenario desde lugares diferentes, con carreras desarrolladas de manera independiente y con el bagaje de varias décadas de trabajo, pero conservando una conexión artística nacida en una etapa fundamental de sus vidas.
La trayectoria de Úrsula López permite entender buena parte de la evolución del flamenco escénico de las últimas décadas. Nacida en Montilla, formada en ballet clásico, danza española y flamenco, se trasladó a Sevilla para continuar su formación con Manolo Marín. En 1996 ingresó en la Compañía Andaluza de Danza, donde permaneció durante más de ocho años como solista y participó en producciones de creadores como María Pagés, José Antonio Ruiz o Eva Yerbabuena.
Posteriormente desarrolló una carrera propia como intérprete, coreógrafa y directora, creó su compañía y participó en festivales nacionales e internacionales. También fue artista invitada del Ballet Nacional de España y, entre 2020 y 2023, dirigió el Ballet Flamenco de Andalucía, desde donde impulsó producciones como Tríptico, Antonio... 100 años de arte o El maleficio de la mariposa.
Su recorrido resulta especialmente significativo porque representa una concepción del flamenco capaz de respetar la tradición sin convertirla en un territorio cerrado. En sus trabajos conviven el baile flamenco, la danza española, la escuela bolera y la investigación coreográfica, con una mirada atenta tanto al legado como a las posibilidades de transformación del lenguaje.
También Ramón Martínez cuenta con una larga trayectoria vinculada a la Compañía Andaluza de Danza. Natural de Málaga, se formó en el Conservatorio Superior de Danza Española y posteriormente amplió sus conocimientos con maestros como Matilde Coral, Manolo Marín y Eva Yerbabuena. Desde su incorporación a la compañía en 1993, bajo la dirección de Mario Maya, participó en numerosos proyectos y trabajó junto a figuras como María Pagés, Javier Latorre, Cristina Hoyos, Javier Barón o Paco Peña.
Su trayectoria internacional incluye escenarios de Europa, Estados Unidos y otros países, además de reconocimientos como el Premio Torre del Cante, el Concurso Nacional de La Perla de Cádiz o el Premio Dora Mayor de las Artes Escénicas en Toronto. Esa experiencia como intérprete y creador aporta al reencuentro una perspectiva construida sobre diferentes escuelas, compañías y contextos escénicos.
En el caso de Rosa Belmonte, su participación adquiere especial relevancia precisamente por formar parte de aquella generación que coincidió con López y Martínez en los comienzos de la Compañía Andaluza de Danza. El espectáculo permite recuperar aquella conexión desde una perspectiva diferente: ya no son únicamente los jóvenes intérpretes que iniciaban juntos una trayectoria profesional, sino artistas que regresan al escenario después de haber recorrido caminos propios.
Ese es uno de los elementos que pueden convertir Así pasen 100 años en una propuesta especialmente atractiva dentro de la programación flamenca: el reencuentro se produce entre artistas, pero también entre distintas etapas del flamenco escénico andaluz. Cada uno aporta su experiencia, su memoria corporal y su manera de entender el baile, haciendo que el diálogo entre ellos sea también un diálogo entre pasado y presente.
El flamenco posee una relación particular con la memoria. Es un arte construido sobre la transmisión: los estilos, los compases, los gestos y las formas de interpretar pasan de unas generaciones a otras, pero nunca llegan exactamente iguales. Cada intérprete recibe un legado y lo transforma desde su propia experiencia. Por eso, el paso del tiempo no implica necesariamente pérdida; también puede significar profundización, conocimiento y nuevas posibilidades expresivas.
En ese sentido, Así pasen 100 años plantea una reflexión especialmente pertinente sobre la madurez artística. El flamenco es un arte profundamente ligado al cuerpo, pero ese cuerpo cambia con los años. La experiencia modifica la manera de respirar, de escuchar, de medir el silencio y de ocupar el escenario. La técnica continúa siendo fundamental, pero adquieren mayor importancia otros elementos: la presencia, la intención, la capacidad de comunicar y todo aquello que no puede aprenderse únicamente mediante la repetición.
El reencuentro de Úrsula López, Rosa Belmonte y Ramón Martínez permite poner en escena precisamente esa experiencia acumulada. Tres artistas que compartieron aprendizaje y escenario vuelven a encontrarse para demostrar que el flamenco también puede hablar de los vínculos que permanecen, de las huellas que deja una generación y de la capacidad del arte para recuperar una conversación interrumpida por el tiempo.
Así pasen 100 años se plantea, finalmente, como una celebración del flamenco entendido no solo como patrimonio artístico, sino como una forma de transmisión y de relación entre personas. Un espectáculo en el que la memoria no mira únicamente hacia atrás, sino que se convierte en materia para crear algo nuevo sobre el escenario. Porque, en el flamenco, lo que permanece no es necesariamente una coreografía o un movimiento concreto: permanece la manera en que unos artistas han aprendido a escucharse, reconocerse y volver a bailar juntos.