La Danzaora nace en el límite, entre lo que se sostiene y lo que se abandona, entre la raíz y el vértigo.
No baila una forma, sino una memoria que se transforma.
Cuerpo que recuerda, cuerpo que inventa.
En su danza habitan silencios que hablan más que cualquier palabra, la duda y la certeza de ser muchas y una sola.
La Danzaora busca su nombre en el movimiento, y en cada gesto se reconoce —y se pierde— otra vez.